Perspectivas: La Koiné del siglo XXII

Prácticamente todos estamos de acuerdo en que el inglés es la lengua franca –la koiné– de nuestros días. Pero ¿cuál será esta lengua dentro de cien años? ¿Cobrarán más importancia idiomas como el chino mandarín o el árabe? ¿Cómo evolucionará el español? ¿Seguirá siendo el inglés el idioma preponderante? Estas preguntas son difíciles de responder con precisión, como cualquier cuestión relativa al futuro; sin embargo, cabe proponer algunas conjeturas razonables. Además, por abordar el asunto de una manera positiva, recordemos que Einstein solía decir que una buena pregunta puede aportar hasta el 80% de la respuesta…

Fue a partir de la unificación de Grecia, en la época de Filipo de Macedonia, cuando el dialecto ático (región de Atenas), con las influencias lógicas derivadas del contacto con los demás dialectos de la zona, se impuso como lengua literaria en toda Grecia y, gracias a las conquistas de Alejandro Magno, se extendió por Oriente. En este periodo helenístico, el dialecto ático, hablado por las clases cultas, los mercaderes y los emigrantes, se convirtió en la lengua común en todo el Oriente Próximo. Y al mezclarse los griegos con otros pueblos, la lengua cambió; el dialecto ático se convirtió en la base de una nueva forma del griego, que se dio en llamar la koiné (la norma), que se extendió por todas las áreas de influencia griega. Durante el imperio helenístico la koiné fue la lengua de la corte, de la literatura y el comercio.

El latín fue también, durante largos siglos que se remontan al Imperio Romano y se extienden hasta finales del siglo XV, tras la difusión del uso de la imprenta en Europa, la lengua franca de la comunicación, la cultura, la ciencia y el comercio.

De manera similar, el inglés es el idioma preponderante en el mundo desde la primera mitad del siglo XIX (como lo fue antes el español o el francés), cuando se consolidó la hegemonía económica y política de Inglaterra, gracias a su papel pionero en la Revolución Industrial iniciada en la Isla en la primera mitad del siglo XVIII, y años más tarde en la Europa continental. La Revolución Industrial y el auge que esta supuso para el Imperio Británico tuvieron su reflejo en el desarrollo industrial de América del Norte; la abolición de la esclavitud por parte del presidente Abraham Lincoln fue, además de un acto de obvio humanismo, una inteligente estrategia concebida para facilitar el desarrollo de los estados más industrializados del Norte de Estados Unidos, cuyas fábricas necesitaban grandes cantidades de mano de obra con una cierta especialización o, al menos con la capacidad de adquirirla que sólo las personas libres, no sometidas a la exención cultural inherente a la esclavitud estaban en disposición de ofrecer.

Si bien fue Francia la potencia que apoyó a Estados Unidos en su lucha por la independencia del yugo británico, paradójicamente, la lengua que se impone en la nueva nación no es otra que el inglés, la lengua de los antiguos opresores, pero también la lengua de la tecnología, de la transmisión de conocimientos científicos, del comercio y de la política, y por tanto, del futuro. Y fue el advenimiento de Estados Unidos como potencia hegemónica mundial a finales del siglo XIX el segundo elemento que contribuyó a conformar el panorama lingüístico de nuestros días, en el que destaca, como decíamos antes, el inglés por encima de todos los demás idiomas.

El tercer factor que explica esta situación no es otro que la coincidencia de una posición preponderante de dos grandes imperios de habla inglesa con el desarrollo intensivo de las telecomunicaciones. Si el desarrollo de las telecomunicaciones hubiera tenido lugar en el siglo XV, cuando una misiva del Rey de España podía tardar más de dos meses en llegar a su destinatario en Alemania, es posible que el español ocupara hoy la envidiable situación del inglés. Pero tras la Revolución Industrial, o probablemente, como consecuencia de la cultura de investigación y desarrollo que aquella había impuesto en el mundo, los inventos se sucedieron continuamente. Así, al teléfono del escocés Graham Bell (1874), seguiría la radio del italiano Marconi (1899); luego, el siglo XX nos dejaría todo tipo de descubrimientos, inventos y avances en el campo de las telecomunicaciones, hasta llegar a Internet y la telefonía móvil de nuestros días. La creciente capacidad de las telecomunicaciones ha contribuido decisivamente a difundir el inglés y a imponerlo en casi todos los ámbitos de la actividad humana.

Pero, ¿qué se puede decir de cara al futuro? Probablemente, en un futuro tan “inmediato” con respecto a la historia de la Humanidad como puede ser un siglo o un siglo y medio, no parece descabellado pensar que el inglés se consolide como koiné o lengua común. Algunas de las razones que permiten sostener esta hipótesis son la enorme potencia y concisión del inglés, su predisposición natural hacia la innovación y la tecnología, y su capacidad para acuñar neologismos y nuevos términos y formas de expresión, su implantación en algunos de los países con mayor potencial socioeconómico, político y tecnológico, y su alto índice de aceptación en otros países de características similares, independientemente de que su idioma oficial sea otro.

Por otra parte, en el mundo hay unos 500 millones de personas que hablan inglés, por aproximadamente 1.200 millones que hablan chino mandarín, 400 millones que hablan español y 200 millones que hablan árabe, sin contar otros idiomas con una digna representación como pueden ser el hindi, el portugués o el ruso (estos tres últimos en torno a los 175 millones de hablantes cada uno).

Por eso cabría pensar que los idiomas con mayores cifras de hablantes como el chino mandarín, el español o el árabe podrían estar llamados a experimentar un crecimiento en los próximos 100 o 150 años. Pero será un crecimiento que estará en función de diferentes factores en cada uno de los tres casos mencionados.

La demografía puede considerarse la causa primaria del crecimiento de un idioma, pero no es él único factor, ni tampoco el más determinante. Seguramente la razón principal por la que el número de hablantes de una lengua tiende a aumentar o a disminuir está relacionada estrechamente con el atractivo que esa lengua despierta entre sus hablantes potenciales. Y ese atractivo guarda, sin duda, una relación directa con el poder, ya sea en su vertiente económica, social, política o de cualquier otra índole.

Esta es la razón principal por la que hay muchos más estudiantes de inglés que de suahili, por ejemplo. A esta misma razón responde el progresivo debilitamiento del español en los órganos de la Unión Europea. Y también –por qué no recordarlo– fue la causa por la que en los años ochenta del siglo pasado (el siglo XX) el español perdiera su estatus de segunda lengua en la República Popular China. El gobierno chino se replanteó su política educativa en los siguientes términos: independientemente de que el ritmo de crecimiento demográfico de los hispanohablantes sea mayor que el de los angloparlantes, hay una motivación a un nivel superior a favor del inglés.

El inglés es, sencillamente, el idioma del poder que gobierna el mundo. Y serían necesarios cambios profundos, drásticos y revolucionarios en el orden mundial, para que otro idioma, por ejemplo el chino con su complejidad propia de las lenguas basadas en ideogramas, (o el árabe con su representación escasamente superior a 200 millones de hablantes y la actual percepción asociada al idioma) pudiera tener opciones de competir por esa primera posición.

Sería estupendo, en aras de la concordia de los seres humanos, que se impusiera la posibilidad que señalaba Amin Maalouf, el gran escritor libanés residente en Francia, en su informe de conclusiones del trabajo que la Comisión Europea le había encomendado. Se trataba de coordinar a un Grupo de Intelectuales creado para asesorar a la Comisión sobre la contribución del multilingüismo al diálogo intercultural, con el fin de que los europeos se lancen al estudio de otro idioma como actitud conciliadora con otros grupos “diferentes” de personas. Las propuestas finales del trabajo realizado por el Grupo en el contexto de la celebración en 2008 del Año Europeo del Diálogo Intercultural, se refieren a la manera en que las lenguas pueden fomentar el diálogo intercultural y la comprensión mutua, estableciendo un vínculo claro entre la diversidad lingüística y la integración. Se cita como ejemplo el de aquellos ciudadanos que tienen una «segunda lengua materna», como ocurre en varios lugares de España, y que el Grupo de expertos también denomina «lengua personal adoptiva», con la que se identifican por motivos personales o profesionales y su actitud más comprensiva, tolerante y conciliadora para con otros grupos.

Qué duda cabe que el conocimiento de una segunda lengua ayuda a eliminar muchas estrecheces de miras que a menudo son origen de actitudes intolerantes y de conflictos.

El futuro es impredecible, y el futuro lingüístico del mundo, evidentemente, también. Sin embargo, y aun a riesgo de verter una gota de cinismo, cabría proponer una recomendación: que nuestros hijos aprendan inglés, que aún es el idioma del futuro…

Pablo Badía Más
Director de Producción de Linguaserve

Acerca de 200palabras

Gestor de Cuentas" y "Consultor comercial" con 11 años de experiencia en el campo de la traducción, localización, internacionalización y recursos lingüisticos en general. Mi máximo interés radica en cubrir las necesidades de mis clientes en estos campos y satisfacer sus expectativas con las soluciones o servicios más adecuados siguiendo los requerimientos de cada proyecto.
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